¿Has caminado alguna vez por el desierto? No, no me refiero al desierto lleno de arena, vacio de agua, lleno de sol y calor.No, de ese desierto no te hablo, sino del desierto en que a veces tu vida se vuelve cuando te sientes caminar sola, sin Dios, sintiendo una necesidad tan grande pero… No encuentras a Dios, y te preguntas ¿Dónde esta cuando lo necesito? Por momentos te enojas y le dices ¿dónde estas? ¿Por qué escondes tu rostro de mí? ¿Acaso ya no te importo?
Y las sombras del desierto te dicen: ¿Dónde esta tu Dios? Tal vez no exista, mírate… estas sola, ¿estas segura de que existe?... y el desconsuelo te invade y entonces te derrumbas y aunque no quieras el llanto sale tan dolorosamente, te duele cada lágrima, tu pecho siente reventar, te ahogas y solo puedes repetir ¡Te necesito, regresa a mi, no me dejes sola! Ven a levantarme, no seré capaz de hacerlo sola. Y ahí te quedas sintiendo que cada una de tus palabras rebota en el techo y regresa a ti, como si fueran rechazadas, o como si no pudieran salir de tu habitación ; tal vez no tengan suficiente fuerza o quizás tengas que esforzarte un poco mas, subir a la montaña tal vez pero ¿Cómo subo a la montaña? ¿Dónde carambas está la montaña? ¿Cuál es la mía? ¿ESA? ¡PERO ES ENORME! ¿Cómo crees que voy a subir ahí? Si no soy más grande que una hormiga, soy un mugre gusanito ¡¡¡me aplastarán antes de que llegue a la cumbre!!!
Y te sientas a contemplar tu montañota, y tus días pasan… te sigues sintiendo sola, los problemas parecen no tener fin, si hasta parece que crecen, ¡a caray parece que les dieran abono como a las plantas!
Y te sientes sola, desesperadamente sola. Tienes el alma bramando por la necesidad de agua en el desierto.
En mi paso por el desierto un día un buen amigo me dijo: -Amiga, estas caminando sin nube y sin fuego en el desierto, y eso es muy peligroso, es necesario que salgas de ahí. -¿Cómo? - Le dije –Orando- me respondió el, ¿quieres que te diga por qué orar? Yo estaré contigo todo el tiempo. Así lo hizo, mi amigo me acompañó ese tiempo y aun me sigue acompañando (Dios bendiga a mi amigo) Desde ese momento ya no me sentí tan sola, sabia que el camino podría ser muy largo y bastante penoso, pero ¡oye, yo miré la liebre! No voy a dejar de correr tras ella, la mire y sé que ahí va, la voy a alcanzar.
He notado que cuando más humildemente me derrumbo, sintiéndome menos que un mugre gusano, es cuando Dios parece escucharme, es como si por fin, mis palabras salieran libremente desde el fondo de mi sincero corazón, ya sin enojos, sin reclamos, sin lugar para dudas, solo la convicción de estar vencida y cansada de caminar, sin armadura, toda raspada de los codos y rodillas (¡necesito alcohol, vendas, gasas o por lo menos un curita! ¡Auxilio!), Esa mañana en que llegó la respuesta, esa mañana en que vi por fin la columna de fuego, estuve llorando, estuve tirada en mi cama hablando con Dios, y le puse enfrente mi carga, y le dije: tómala, y le puse en sus manos a mi familia, la entregué a El, le entregué a mi esposo diciéndole haz con el lo que quieras, es tuyo, tu decides si me lo dejas al lado, o lo que harás con el. También aquí están mis hijos: siempre han sido tuyos, desde que los formaste en mi vientre, has de ellos lo que tú quieras. Aquí esta mi vida, si no puedo hacer algo bueno con ella, quítamela, prefiero no vivir a seguirte ofendiendo. No quiero nada, no te pido nada, solo toma lo que tengo y lo que soy y arrójalo lejos de ti si no te complace o restáuralo si es tu voluntad.
Pero si quisieras responderme, solo necesito un abrazo. Consuélame. Ese mismo día, mas tarde, llegó su respuesta, En los últimos días el Señor ha estado hablando constantemente, enseñando y guiando. Ahora se que nunca estuve sola, que en mi paso por el desierto nunca caminé sola, sino que El iba a mi lado. No veía la nube por que mis ojos estaban cerrados y me salía de su sombra al caminar a ciegas, tampoco veía el fuego porque mis ojos estaban cerrados. Pero siempre estuvieron ahí. Su presencia jamás me dejó, yo me apartaba de el, pero el como buen padre, siempre me cubrió.
Cuando camines por el desierto, recuerda estas palabras:
El está ahí, su nube y su fuego son tu guía, ¡abre los ojos! Y si quieres saber cómo se sube la montaña, aprende de los bebés, mira como un bebé cuando quiere llegar a los brazos de mamá o de papá, se esfuerza: gatea hasta sus pies, se para sosteniéndose de las piernas de papá, cuando por fin está de pié, inicia el ascenso hasta sus rodillas, papá ve su esfuerzo y le ayuda un poco, cuando el bebé ha llegado a ponerse sobre las rodillas de papá, se pone de pie y se abraza de su cuello gritando, sonriendo y brincoteando de alegría ¡por fin llegó! ¡Subió la montaña! Un bebé es sincero, un bebé no acepta un no, un bebé no pierde la fe, cuando un bebé se lastima, llora un rato pero en cuanto pasa el dolor sigue intentándolo hasta que lo logra y créeme, llegar a los brazos de papá no tiene precio.
Ten en cuenta que digo papá, es porque debemos aprender a ver a Dios mas como padre, pues así es su amor para con nosotros.
Así que, cuando pases por el desierto trata de no renegar, no te desanimes, piensa que si estás ahí, es porque Dios considera que puedes hacerlo, que eres suficientemente fuerte. Una mujer sabia me lo dijo y yo lo creo, ella me dijo que si Dios considera que somos débiles, nos pone entre algodones y de ahí no avanzamos ni crecemos, nuestro crecimiento está en nuestros pasos por el desierto: en el fuego, pues bajo fuego se forja el barro y si el alfarero te pasa por el fuego una y otra vez es porque considera que esa vasija que eres tú, merece ser perfeccionada y te raspará y reconstruirá tantas veces como sea necesario hasta que haga de ti un jarro perfecto.
¡Déjate moldear!
Con amor en Cristo: Kerusso
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