martes 8 de abril de 2008

El sufrimiento

¿Estás sufriendo? ¿Tu amigo está sufriendo? Muchas veces hemos visto a un amigo muy querido sufrir (y también a muy lejanos o medianamente cercanos), nosotros mismos hemos sufrido ¿Quién no ha pasado por eso? Pero no siempre es fácil saber la forma correcta de actuar ante un dolor profundo.
Cada vez que sufro o veo al alguien sufrir recuerdo a Job, nuestro ejemplo bíblico por excelencia de ser humano que sufre. Job, en un día perdió todo lo que tenia, perdió riquezas, murieron sus hijos, su mujer no le apoyó, perdió su salud y cuando nada parecía ser peor… vinieron a visitarlo sus amigos. Mmm
Lo único que hicieron bien sus amigos fue quedarse callados al ver el dolor tan profundo de Job, y es que no hay palabras que puedan confortar al que sufre, no hay nada que decir, un “lo siento mucho” no ayuda, mucho menos una sarta de palabras que solo se quedan flotando en el aire, el que sufre no está en condiciones de escuchar ni de recibir ningún consejo ni palabras, lo único que puedes hacer es abrazar a tu amigo muy fuerte, créeme que eso es lo que tu amigo o amiga recordará siempre, lo sé por experiencia propia: cuando mi padre murió, solo una amiga corrió a verme en cuanto lo supo y al verme no dijo ni una sola palabra, solo me abrazó muy fuerte y sentí que sufría conmigo, por que me ama tanto que mi dolor lo sentía ella , vinieron otras personas y me dijeron cosas, pero yo no quería escuchar nada, solo me sentía aturdida, como si me hubieran golpeado muy fuerte en la cabeza; flotaba, estaba desconcertada, no podía entenderlo, no me interesaba entender nada, no me interesaba ni hablar ni escuchar, solo caminaba como un zombi. Así es el dolor profundo, nos aturde, nos marea, no podemos ni queremos saber nada por un buen tiempo, que pueden ser unos días, unas semanas o más tiempo, dependiendo del tipo de trauma y de la capacidad que tiene cada persona para sobreponerse.
Los amigos estamos ahí, no para conducir, no para aconsejar, no para marear más con palabras, solo estamos ahí para acompañar, para esperar a que aquella persona que hoy sufre, esté lista para hablar y para escuchar, no debemos tratar de adelantarnos, quizás tratar de distraerlos un poco de sus pensamientos ayude, pero no forzarlos.
Recordemos a Job nuevamente: El (orgullo de papá), jamás dudó que su dolor tuviera un propósito y lo aceptó como venia, solo que al paso del tiempo, como ser humano normal, sabiendo que no era culpable, y al verse acusado por sus amigos que lo forzaban a confesar su pecado y sabiendo que no había tal pecado, enfrentó a Dios.
Job nos muestra todas las etapas por las que pasa el ser humano que sufre:

Primero, el desconcierto o el silencio: la persona no sabe ni dónde, ni cuándo, ni cómo, ni por qué. Pero está desgarrándose por dentro. El dolor es tan brutal que la persona no puede reaccionar, es lo que médicamente conocemos como “estado de shock”. No podemos siquiera creer lo que nos está pasando. Aquí el amigo lo mejor que puede hacer es guardar silencio. Respetar la privacidad, guardando la distancia necesaria, pero haciéndole saber que está ahí, si lo necesita.

Segundo, La explosión de quejas y reclamos: Aquí es cuando por fin abrimos la boca pero de una manera tal que dejamos salir toda nuestra amargura, todas nuestras quejas, así lo hizo Job, explotó y sacó todo lo que había dentro, reniega de su dolor y desea no haber nacido. Busca responsables de lo que le pasa, acusa, ¡alguien tiene que ser culpable de lo que me pasa! ¡A alguien le tengo que reclamar! ¡A alguien le tengo que echar la culpa! ¡Menos a mí! Aquí lo que el amigo tiene que hacer es no sentirse ofendido, ni criticar, ni tratar de convencer de su error, solo cuidar de que aquél no cometa un error en su furor, Aquí el amigo CUIDA.

Tercero, Depresión: aquí la persona se quiere morir, reniega de su vida, pide a Dios la muerte como consuelo.
Estas etapas no siempre se presentan en este orden, sino que a veces se presentan combinadas.

Cuarta: Crisis de fe: ¡Dios me ha abandonado! ¡No está conmigo! ¿Dónde estas? ¿No te importo? ¿Por qué me escondes la cara?
Esta etapa es propia de los creyentes, es propia de los cristianos, un no creyente pasa de esta etapa sin más. Pero un creyente la trae añadida a todo lo demás como un pilón. ¿Qué hice yo para merecer esto? ¿Cómo puedes ser tan cruel de verme sufrir sin hacer nada? Tiene a Dios por enemigo, por cruel castigador. Aquí el creyente no duda de la existencia de Dios, mas bien duda de la bondad de Dios.
La persona se vuelve pesimista: ¡grito y no me escuchas! ¡Aquí estoy! ¿Quieres que te prenda una bengala? ¿Por qué me matas la esperanza? ¿Qué te hice yo? ¡Mátame de una vez! ¡Quítame de sufrir! ¡Escúchame!
Estas palabras cuando el creyente las suelta sabiendo que no hizo nada para merecer este dolor, cuando sabe que no es consecuencia de uno de sus actos o de sus imprudencias, de ninguna forma ofenden a Dios, pues la persona con estos reclamos lo que hace es buscarlo intensamente, ¡¡voltea!!! ¡¡Mírame!! ¿Quieres que te encienda una bengala? Estoy sufriendo, te necesito ¿no te importa?
En ese preciso momento es cuando Dios responde: Así lo hizo con Job
Y si es necesario te dará un pequeño “zapecito” pero nunca dejará de consolarte, siempre como buen padre, como padre amoroso y lleno de piedad te abrazara y te dirá ¡ya, ya hija mía, ya pasó, aquí estoy, siempre he estado aquí, conozco tu dolor, lo he visto y he sufrido y llorado contigo, pero tus gritos no te permitían escucharme y tus lagrimas no te dejaban verme!¡Ya, ya acabó, aquí estoy para consolarte! Y el consuelo llega, y la restauración llega y la persona vuelve a sonreír. Pero ahora es más fuerte que antes. Ahora conoce algo nuevo de Dios, ahora ha recibido su abrazo, ha recibido restauración, ha aprendido paciencia como aprendió Job.
¿A quienes ocurren las pruebas? A los creyentes mas activos, más entregados, a estos el Señor permite la prueba, y es para crecimiento, es para fortalecimiento, El sabe que pasaremos y por eso lo permite.
De modo que si sufres o si tu amigo sufre, es difícil pero si puedes: alégrate o por lo menos no olvides que después de esto, hay crecimiento.
Con amor en Cristo: Kerusso